EL SOÑADOR Y EL SOÑADO
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Un momento después, don Genaro surgió del chaparral. Ambos resplandecían de contento. Prácticamente bailaron frente a mí.
Un momento después, don Genaro surgió del chaparral. Ambos resplandecían de contento. Prácticamente bailaron frente a mí.
Don Genaro me saludó con abundantes efusiones y tomó asiento en el
cajón de leche.
Algo espantoso me ocurría. Estaba calmado, impávido. Un increíble
estado de indiferencia y distanciamiento dominaba todo mi ser. Casi me parecía
estarme observando desde un escondrijo. Con gran despreocupación, le platiqué
a don Genaro que durante mi última visita casi me había matado a sustos, y que
ni siquiera durante mis experiencias con plantas psicotrópicas me había visto
en un caos mayor. Ambos celebraron mis frases como si tuvieran propósito de
chiste. Reí con ellos.
Obviamente estaban al tanto de mi estado de insensibilidad emotiva.
Me vigilaban y me seguían la corriente como a un borracho.
Dentro de mí, algo luchaba desesperadamente por convertir la situación
en cosa familiar. Quería sentirme preocupado y temeroso.
Al cabo de un rato, don Juan me salpicó agua en la cara y me instó a
sentarme y tomar notas. Dijo, como lo había hecho antes, que de no tomar ‑notas
me moriría. El mero acto de poner por escrito algunas palabras hizo regresar
mi ánimo habitual. Fue como si algo se volviera de nuevo claro y cristalino,
algo que unos momentos antes era opaco e inerte.
El advenimiento de mi personalidad acostumbrada significó a la vez el
de mis miedos habituales. Curiosamente, yo tenía menos miedo de tener miedo
que de no tenerlo. La familiaridad de mis viejos hábitos, por desagradables que
fuesen, era un respiro deleitoso.
Entonces me di plena cuenta de que don Genaro acababa de surgir del
chaparral. Mis procesos usuales empezaban a funcionar. Comenzó rehusando a
pensar o especular acerca del hecho. Hice la decisión de no preguntarle nada.
Esta vez, sería un testigo silencioso.
‑Genaro ha venido de nuevo, exclusivamente por ti ‑dijo don Juan.
Don Genaro estaba reclinado en la pared de la casa, y reposaba la
espalda, sentado en un cajón de leche puesto en declive. Parecía un jinete.
Tenía las manos enfrente, y daban la impresión de que sostenía las riendas de
un caballo.
‑Eso es cierto, Carlitos ‑dijo bajando el cajón a la horizontal del
piso.
Desmontó, pasando la pierna derecha sobre el imaginario cuello
equino, y saltó a tierra. La destreza de sus movimientos me hizo sentir sin
lugar a dudas que había llegado cabalgando. Vino y se sentó a mi izquierda.
‑Genaro vino porque quiere hablarte del otro ‑dijo don Juan.
Hizo ademán de ceder la palabra. Don Genaro saludó al auditorio. Se
volvió ligeramente para darme la cara.
‑¿Qué es lo que te gustaría saber, Carlitos? ‑preguntó en voz aguda.
‑Bueno, si va usted a hablarme del otro, cuéntemelo todo ‑dije,
fingiendo despreocupación.
Ambos menearon la cabeza y se miraron.
‑Genaro te va a hablar acerca del soñador y el soñado ‑anunció don
Juan.
Como ya sabes, Carlitos ‑dijo don Genaro con el aire de un orador que
entra en materia‑, el doble empieza en sueños.
Me lanzó una larga mirada y sonrió. Sus ojos se deslizaron de mi cara
a mi cuaderno y mi lápiz.
‑El doble es un sueño ‑dijo, rascándose los brazos, y luego se paró.
Dejó la ramada y se metió en el chaparral. Se detuvo frente a una
mata, mostrándonos tres cuartos de perfil; al parecer orinaba. Tras un momento
vi que algo le ocurría. Parecía tratar desesperadamente de orinar sin
conseguirlo. La risa de don Juan me indicó que don Genaro había vuelto a las
andadas.
Don Genaro contorsionaba su cuerpo en tan cómica manera, que nos puso
prácticamente histéricos.
Don Genaro regresó a la ramada y tomó asiento. Su sonrisa irradiaba
una insólita calidez.
‑Si no se puede, pues no se puede ‑dijo alzando los hombros.
Luego, tras una pausa momentánea, añadió, suspirando:
‑Sí, Carlitos, el doble es un sueño.
‑¿Quiere usted decir que no es real? ‑pregunté.
‑No. Quiero decir que es un sueño ‑repuso.
Don Juan intervino para explicar que don Genaro se refería a la
primera manifestación del hecho de darnos cuenta de ser seres luminosos.
-Cada uno de nosotros es distinto, y por eso los detalles de nuestras
luchas son distintos ‑dijo don Juan‑. Pero los pasos que seguimos para llegar
al doble son los mismos. Sobre todo los primeros pasos, que son confusos e
inciertos.
Don Genaro estuvo de acuerdo, y comentó la incertidumbre del brujo en
esa etapa.
‑Cuando me pasó por primera vez, no supe lo que había pasado ‑relató‑.
Un día había estado recogiendo plantas en los cerros y me había metido en un
sitio que les tocaba a otros yerberos. Junté dos costalotes y ya estaba listo
para irme a mi casa, cuando me dieron ganas de descansar un rato. Me acosté
junto al camino, a la sombra de un árbol, y me quedé dormido. Después oí gente
que bajaba del monte y desperté. Al momento me escurrí y me escondí detrás de
unas matas, al otro lado del camino muy cerca del sitio donde me había echado a
dormir. Estando allí se me dio por pensar que me había olvidado algo. Miré a
ver si tenía mis dos costales de plantas. No los tenía conmigo. Miré para el
otro lado del camino, al lugar donde había estado durmiendo y casi me lleva la
chingada. ¡Yo seguía allí dormido! ¡Era yo mismo! Toqué mi cuerpo. ¡Yo era yo
mismo! Ya para entonces, las gentes que bajaban del monte iban llegando a mí
que estaba dormido, mientras yo que estaba bien despierto miraba desde mi
escondite sin poder hacer nada. ¡Me lleva la chingada! Me van a encontrar
allí, pensé, y me van a quitar mis costales. Pero las gentes pasaron junto a
mí que dormía como si yo no estuviera allí.
"La visión fue tan vivida que me puse como loco. Grité y entonces
volví a despertar. ¡Carajo! ¡Había sido un sueño!"
Don Genaro cesó su recuento y me miró como esperando una pregunta o
un comentario.
‑Dile dónde despertaste la segunda vez ‑dijo don Juan.
‑Desperté junto al camino ‑dijo don Genaro-, donde me quedé dormido.
Pero por un momento no supe bien dónde me encontraba en realidad. Casi puedo
decir que me estaba viendo a mí mismo despertar cuando algo me jaló al otro
lado del camino cuando ya estaba a punto de abrir los ojos.
Hubo una larga pausa. Yo no sabía qué decir.
‑¿Y qué hiciste después? ‑preguntó don Juan.
Me di cuenta, cuando ambos echaron a reír, de que me hacía burla
imitando mis preguntas.
Don Genaro siguió hablando. Dijo que se quedó atónito un momento v
luego fue a verificar todo.
‑El sitio donde me escondí era tal como lo había visto ‑dijo‑. Y las
gentes que pasaron se encontraban a corta distancia, bajando el cerro. Lo sé
porque corrí cuestabajo siguiéndolos. Eran los mismos que había visto. Los
seguí hasta que llegaron al pueblo. Han de haber creído que estaba yo loco. Les
pregunté si habían visto a mi amigo durmiendo junto al camino. Todos dijeron
que no.
‑Ya ves -dijo don Juan‑, todos pasamos por las mismas dudas. Nos da
miedo volvernos locos, pero la desgracia es que, de a tiro, ya todos nosotros
estamos locos.
‑Pero tú eres un poquito más loco que nosotros dos ‑me dijo don
Genaro, e hizo un guiño‑. Y eres, como buen loco, más sospechoso.
Hicieron bromas sobre mi suspicacia. Luego, don Genaro volvió a
hablar.
‑Todos somos seres densos ‑dijo‑. No eres el único, Carlitos. A mí el
sueño me tuvo espantado unos días, pero entonces tenía que ganarme la vida y me
ocupaba de muchas cosas y no me alcanzaba el tiempo para ponerme a pensar en el
misterio de mis sueños. Y se me olvidó la cosa. Yo era muy parecido a ti.
"Pero un día, meses más tarde, después de una mañana de mucho
trabajo me quedé dormido como una piedra en la media tarde. Acababa de empezar
a llover y me despertó una gotera. Salté de la cama y trepé al techo para
arreglarla antes de que se hiciera un chorro. Me sentía tan bien y con tanta
fuerza, que acabé en un minuto y ni siquiera me mojé mucho. Pensé que el
sueñito que había echado me hizo bien. Cuando terminé, volví a la casa para
comer algo, y me di cuenta de que no podía tragar. Pensé que estaba enfermo.
Junté unas hojas y raíces, las machuqué y me hice un emplasto en la garganta y
fui a acostarme. Y otra vez, al llegar a mi cama, casi se me caen los calzones.
¡Yo estaba allí en la cama dormido! Quise sacudirme y despertarme, pero yo
sabía que no era eso lo que uno debía hacer. Así que salí corriendo de la casa,
despavorido. Anduve sin rumbo por el monte. No tenía ni la menor idea a dónde
iba, y aunque había vivido allí toda mi vida, me perdí. Andaba en la lluvia y
ni la sentía. Parecía como si no pudiera pensar. Entonces el rayo y el trueno
se hicieron tan fuertes que desperté otra vez".
Hizo una pausa.
‑¿Quieres saber dónde desperté? ‑me preguntó.
‑Claro ‑contestó don Juan.
‑Desperté en el monte, en la lluvia ‑dijo él.
‑¿Pero cómo supo usted que había despertado? ‑pregunté.
‑Mi cuerpo lo supo ‑respondió.
‑Esa pregunta fue idiota ‑terció don Juan‑. Tú mismo sabes que algo en
el guerrero se da cuenta siempre de cada cambio. La meta del camino del
guerrero es precisamente cultivar y mantener ese sentido de darse cuenta. El
guerrero lo limpia, lo pule y lo tiene siempre funcionando.
Tenía razón. Hube de admitir hallarme al tanto de ese algo que en mí
registraba y conocía todas mis acciones. No tenía nada que ver con la habitual
conciencia de mí mismo. Era otra cosa que yo no podía precisar. Les dije que
tal vez don Genaro pudiera describirlo mejor.
‑Tú lo haces muy bien ‑dijo don Genaro‑. Es la voz de adentro que te
dice qué es lo qué es. Y aquella vez me dijo que yo había despertado por
segunda vez. Claro, apenas desperté quedé convencido de que había estado
soñando. Por lo visto este no había sido un sueño ordinario, pero tampoco
había sido propiamente soñar. Me conformé con otra explicación: me dije que
había andado dormido o medio despierto, supongo. No había para mí ningún otro
modo de entenderlo.
Don Genaro dijo que su benefactor le explicó que no era un sueño lo
experimentado, y que tampoco debía insistir en creerlo sonambulismo.
‑¿Qué cosa le dijo que era? ‑pregunté.
Cambiaron miradas.
‑Me dijo que era el coco ‑repuso don Genaro, adoptando el tono de un
niño pequeño.
Les aclaré que deseaba saber si el benefactor de don Genaro explicaba
las cosas del mismo modo que ellos.
‑Claro que sí ‑dijo don Juan.
‑Mi benefactor me explicó que el sueño en el que uno se veía durmiendo
‑prosiguió don Genaro‑ era la hora del doble. Me aconsejó que, en vez de malgastar
mi poder en dudas y preguntas, usara esa oportunidad para actuar, y que
estuviera preparado para cuando llegara otra ocasión.
"La siguiente me tocó en la casa de mi benefactor. Yo lo estaba
ayudando con el trabajo de casa. Me había acostado a descansar y, como de
costumbre, me dormí profundamente. Su casa era definitivamente un sitio de
poder para mí, y me ayudó. Un gran ruido me sacudió de pronto y me despertó.
La casa de mi benefactor era grande. Era un hombre muy rico y mucha gente
trabajaba para él. El ruido parecía ser el de una pala cavando grava. Me senté
a escuchar y luego me levanté. El ruido me inquietaba mucho, pero yo no sabía
la causa. Pensaba si salir a ver cuando me di cuenta de que estaba dormido en
el piso. Esta vez sabía qué esperar y qué hacer, y seguí el ruido. Caminé por
toda la casa hasta llegar a la parte de atrás. Allí no había nadie. El ruido
parecía venir de más lejos. Yo lo fui siguiendo. Mientras más lo seguía, más
rápido podía moverme. Fui a dar muy lejos y vi cosas increíbles."
Explicó que en la época de esos eventos se hallaba aún en las etapas
iniciales de su aprendizaje y había incursionado muy poco en "soñar",
pero tenía una facilidad extraña para soñar que se miraba a sí mismo.
‑¿A dónde fue usted a dar, don Genaro? ‑pregunté.
‑Esa era realmente la primera vez que me movía al soñar ‑dijo‑. Pero
ya sabía lo suficiente para portarme correctamente. No fijé la vista directamente
en nada y fui a parar a una cañada muy honda donde mi benefactor tenía sus
plantas de poder.
‑¿Cree usted que es mejor si uno casi no sabe nada de soñar? ‑pregunté.
‑¡No! ‑intervino don Juan‑. Cada uno de nosotros tiene facilidad para
algo en particular. La facilidad de Genaro es para soñar.
‑¿Qué vio usted en las cañada, don Genaro? ‑pregunté.
‑Vi a mi benefactor haciendo maniobras peligrosas con unas gentes.
Pensé que yo estaba allí para ayudarlo y me escondí detrás de unos árboles.
Pero así como yo andaba en ese entonces no habría podido ayudar a nadie. De
todos modos, yo no era tonto, y me di cuenta de que la escena esa era para
mirarla de lejos y no para actuar en ella.
-¿Cuándo y cómo y dónde despertó usted?
‑No sé cuándo desperté. Han de haber pasado horas enteras. Lo único
que sé es que seguí a mi benefactor y los otros hombres, y cuando iban
llegando a la casa de mi benefactor el ruido que hacían, porque andaban
peleándose casi a puños, me despertó. Estaba en el sitio donde me vi dormido.
"Al despertar, me di cuenta de que todo eso que había visto y
hecho no era un sueño. En verdad me había ido bastante lejos, guiado por el
sonido."
‑¿Estaba su benefactor al tanto de lo que usted hacía?
‑Seguro. Él fue el que estuvo haciendo ruido con la pala para ayudarme
a cumplir mi tarea. Cuando entró en la casa me regañó de mentira por haberme
dormido y por eso supe que me había visto. Después, cuando se fueron sus
amigos, me dijo que había notado mi brillo oculto entre los árboles.
Don Genaro dijo que esos tres casos lo pusieron en el camino de
"soñar", y que tardó quince años en recibir la oportunidad
siguiente.
‑La cuarta vez fue una visión más rara y más completa ‑dijo‑. Me
hallé dormido enmedio de un sembrado. Me vi echado de costado, profundamente
dormido. Supe de inmediato que eso era soñar, porque me había propuesto
hacerlo cada noche que me iba a dormir. Por lo general, todas las veces que yo
me había visto a mí mismo dormido, estaba en el sitio donde me había echado a
dormir. Esta vez no estaba en mi cama, y sabia que me había acostado en mi
cama esa noche. En este soñar era de día. Así que me puse a explorar. Me alejé
del sitio donde estaba yo echado y me orienté. Supe dónde me encontraba. Andaba
en realidad no muy lejos de mi casa, capaz a unos tres kilómetros. Caminé por
allí, mirando cada detalle del sitio. Me paré a la sombra de un gran árbol, a
poca distancia; con la vista, crucé una franja de llano y miré una milpa en la
ladera del cerro. En ese momento noté algo muy raro: los detalles del paisaje no
cambiaban ni desaparecían por más que les clavara la vista. Me asusté y volví
corriendo al sitio donde dormía. Yo seguía allí, exactamente como había estado
antes. Empecé a observarme. Sentía una horrible indiferencia hacia ‑el cuerpo
que miraba.
"Entonces oí el sonido de risas de gente que se acercaba. La
gente siempre me anda encima. Subí corriendo una lomita y observé
cuidadosamente desde allí. Diez personas venían al campo donde yo estaba. Todos
eran muchachos jóvenes. Corrí al sitio donde estaba dormido y pasé los
momentos más angustiosos de mi vida, mirándome allí tirado, roncando como
cerdo. Sabía que tenía que despertarme, pero no tenía idea de cómo hacerlo.
Sabía también que era cosa de muerte despertarme yo mismo. Pero si aquellos
muchachos me encontraban allí, se iba a armar un gran pleito. Todas esas
deliberaciones que pasaban por mi mente no eran en realidad pensamientos. Más
bien eran escenas frente a mis ojos. Mi preocupación, por ejemplo, era una
escena en la cual yo me miraba a mí mismo mientras tenía la sensación de estar
encajonado. Llamo a eso preocuparse. Me ha pasado eso muchas veces desde
aquella primera vez.
"Bueno, como no sabía qué hacer me quedé mirándome a mí mismo,
dormido, esperando lo peor. Un montón de imágenes fugaces pasaron frente a mis
ojos. Me agarré a una en particular, la imagen de mi casa y mi cama. La imagen
se hizo muy clara. ¡Caramba, cómo quería yo estar de vuelta en mi cama! Algo
me dio un sacudón entonces; sentí como si alguien me golpeara y desperté. ¡Estaba
en mi cama! Por lo visto esto había sido soñar. Me levanté de un salto y corrí
al sitio de mi soñar. Era tal como lo había visto. Los muchachos estaban allí
trabajando. Los observé por un largo rato. Eran los mismos que había visto
antes.
"Regresé al mismo lugar al fin del día, cuando ya todos se habían
ido, y me paré en el sitio exacto donde me vi dormido. Alguien se había echado
allí. Las yerbas estaban aplastadas."
Don Juan y don Genaro me observaban. Parecían dos extraños animales.
Sentí un escalofrío en la espalda. Estaba a punto de entregarme al muy
racional miedo de que no eran en realidad hombres como yo, pero don Genaro echó
a reír.
‑En aquellos días ‑dijo‑ yo era igual que tú, Carlitos. Quería
confirmarlo todo. Era tan desconfiado como tú.
Hizo una pausa, alzó el dedo y lo sacudió en mi dirección. Luego
encaró a don Juan.
‑¿A poco no eras tú tan desconfiado como este sujeto? ‑preguntó.
‑Ni modo ‑dijo don Juan‑. Éste es el campeón.
Don Genaro se volvió hacia mí e hizo un gesto de disculpa.
‑Creo que me equivocaba ‑dijo‑. Yo tampoco era tan desconfiado como
tú.
Rieron suavemente, como si no quisieran hacer ruido. El cuerpo de don
Juan se convulsionaba de risa contenida.
Carlos Castaneda ~ Relatos de Poder

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