viernes, 5 de agosto de 2011

EL SOÑADOR Y EL SOÑADO
PRIMERA PARTE
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Llegué a casa de don Juan temprano por la maña­na. Había pasado la noche en un motel en el ca­mino, para estar allí antes del mediodía.
Don Juan estaba en la parte trasera y vino al fren­te cuando lo llamé. Me dio un saludo caluroso y la impresión de que se alegraba de verme. Hizo un comentario que creí destinado a sosegarme, pero que produjo el efecto contrario.
‑Te oí venir ‑dijo con una sonrisa‑. Y me corrí para atrás de la casa. Tuve miedo de que si me que­daba aquí fueras a asustarte.
Señaló, en tono casual, que me hallaba sombrío y pesado. Dijo que le recordaba a Eligio, quien era lo bastante mórbido para ser un buen brujo, pero de­masiado para hacerse hombre de conocimiento. Aña­dió que el único modo de contrarrestar el devastador efecto del mundo de los brujos era reírse de él.
Había evaluado correctamente mi estado de áni­mo. Yo estaba, en verdad, preocupado y asustado. Salimos a una larga caminata. Mis sentimientos tarda­ron horas en aligerarse. Caminar con él me hacía sentir mejor que si hubiera intentado disipar mis sombras hablando.
Regresamos a su casa al atardecer. Me moría de hambre. Después de comer nos sentamos bajo la ra­mada. El cielo estaba despejado. La luz de la tarde me producía complacencia. Quise conversar.
‑Llevo meses de sentirme inquieto -dije-. Hubo algo verdaderamente pavoroso en lo que usted y don Genaro dijeron e hicieron la última vez que estu­ve, aquí.
Don Juan no respondió. Se puso en pie y caminó por la ramada.
‑Tengo que hablar de esto ‑dije‑. Me obsesiona y no puedo dejar de darle vueltas.
‑¿Tienes miedo? ‑preguntó.
Yo no tenía miedo sino desconcierto; me avasalla­ba lo que había visto y oído. Los huecos en mi razón eran tan enormes que, de no repararlos, yo debería prescindir de ella por entero.
Mis comentarios le dieron risa.
‑Todavía no tires tu razón ‑dijo‑. Todavía no es hora de hacer eso. Eso sucederá, por cierto, pero no creo que ahora sea el momento.
‑Entonces, ¿debo tratar de hallar una explicación para lo que ocurrió? ‑pregunté.
‑¡Seguro! -replicó-. Tienes el deber de apaciguar tu mente. Los guerreros no ganan victorias golpeán­dose la cabeza contra los muros. Los guerreros saltan los muros, no los derriban.
‑¿Cómo puedo saltar éste? ‑pregunté.
‑En primer lugar, me parece un error fatal que tomes las cosas tan en serio ‑dijo al tomar asiento junto a mí‑. Hay tres clases de malos hábitos que usamos una y otra vez al enfrentarnos con situaciones fuera de lo común en esta vida. Primero: podemos no hacer caso de lo que está ocurriendo o ha ocurri­do, y sentir como si nunca hubiera pasado. Ése es el camino del santurrón. Segundo: podemos aceptar todo tal como se presenta y sentir como si supiéra­mos qué es lo que está pasando. Ése es el camino de los devotos. Tercero: podemos obsesionarnos con un suceso porque no podemos descartarlo o porque no podemos aceptarlo de todo corazón. Ése es el camino del tonto. ¿Tu camino? Hay un cuarto camino, el correcto, el camino del guerrero. Un guerrero actúa como si nunca hubiera pasado nada, porque no cree en nada, pero acepta todo tal como se presenta. Acep­ta sin aceptar y descarta sin descartar. Nunca siente como si supiera, ni tampoco siente como si nada hu­biera pasado. Actúa como si tuviera el control, aun­que esté temblando de miedo. Actuar en esa forma disipa la obsesión.
Quedamos largo rato en silencio. Las palabras de don Juan eran como un bálsamo para mí.
-¿Puedo hablar de don Genaro y su doble? ‑pre­gunté.
‑Depende de lo que quieras decir de él ‑repu­so-. ¿Vas a entregarte a la obsesión?
‑Quiero entregarme a las explicaciones ‑dije‑. Estoy obsesionado porque no me he atrevido a venir a verlo ni he podido hablar con nadie de mis escrú­pulos y mis dudas.
‑¿No hablas con tus amigos?
‑Sí, pero ¿cómo podrían ayudarme?
-Nunca pensé que necesitaras ayuda. Debes culti­var el sentimiento de que un guerrero no necesita nada. Dices que necesitas ayuda. ¿Ayuda para qué? Tienes todo lo necesario para el viaje extravagante que es tu vida. He tratado de enseñarte que la ver­dadera experiencia es ser un hombre, y que lo que cuenta es estar vivo; la vida es la vueltita que ahora estamos tomando. La vida en sí misma es suficiente y se explica sola, y es completa.
"Un guerrero entiende eso y vive de acuerdo a eso; por lo tanto, uno puede decir sin ser presumido, que la experiencia de experiencias es el ser un guerrero."
Pareció esperar respuesta. Titubeé un momento. Quería elegir cuidadosamente mis palabras.
‑Si un guerrero necesita alivio ‑Prosiguió‑, sim­plemente elige a cualquiera y le expresa a esa perso­na cada detalle de su tumulto. Después de todo, el guerrero no busca que le entiendan o le ayuden; con hablar simplemente busca aliviar su presión. Eso es, siempre y cuándo el guerrero sea dado a hablar; si no lo es, no le dice nada a nadie. Pero tú no vives total­mente como guerrero. No todavía. Y los obstáculos que te salen al encuentro han de ser verdaderamente monumentales. Te entiendo perfectamente.
No se hacia el gracioso. A juzgar por la preocupa­ción en su mirada, parecía ser alguien que hubiera andado por esos rumbos. Se puso en pie y me dio palmaditas en la cabeza. Se paseó de un lado a otro a lo largo de la ramada y miró casualmente hacia el chaparral en torno de la casa. Sus movimientos evo­caron en mí una sensación de inquietud.
Con el fin de relajarme, empecé a hablar de mi di­lema. Sentía que inherentemente era demasiado tar­de para fingirme un espectador inocente. Bajo su guía, me había entrenado hasta lograr percepciones extrañas, como "parar el diálogo interno" y controlar los sueños. Ésas eran instancias que no podían falsi­ficarse. Yo había seguido sus sugerencias, aunque nun­ca al pie de la letra, y había logrado parcialmente romper rutinas cotidianas, asumir responsabilidades por mis actos, borrar la historia personal, y llegado finalmente a un punto que años antes me producía pánico, era capaz de estar solo sin violentar mi bienes­tar físico ni emotivo. Ése era quizá mi triunfo aisla­do más sorprendente. Desde la perspectiva de mis anteriores expectaciones y estados de ánimo, hallarme solo y no "salirme de mis casillas" era un estado in­concebible. Tenía aguda conciencia de todos los cam­bios acontecidos en mi vida y en mi visión del mun­do, y también de que en alguna forma era superfluo resentir tan profundamente la revelación de don Juan y don Genaro acerca del "doble".
‑¿Qué anda mal conmigo, don Juan? ‑pregunté.
‑Te entregas a tu vicio ‑respondió, brusco-. ­Sientes que entregarte a las dudas y a las tribulacio­nes es la marca de un hombre sensitivo. Bueno, la verdad del asunto es que está, muy lejos de ser eso. ¿Por qué fingir, pues? Ya te dije el otro día: un gue­rrero se acepta con humildad así como es.
‑De la manera como usted lo dice, me hace apa­recer como si yo me confundiera a propósito ‑dije.
-Pues eso es lo que hacemos, nos confundimos a propósito –repuso-. Todos nosotros nos damos cuenta de lo que hacemos y nuestra razón se convier­te, a propósito, en el monstruo que se imagina ser. Pero ese molde le queda demasiado grande.
Le expliqué que mi dilema era quizá más complejo que como él lo presentaba. Dije que mientras él y don Genaro fuesen hombres como yo mismo, su do­minio superior los convertía en modelos para mi pro­pia conducta. Pero si eran en esencia hombres drás­ticamente distintos a mí, no me era ya posible con­cebirlos como modelos, sino como rarezas que yo no podía aspirar a emular.
-Genaro es un hombre ‑dijo don Juan en tono confortante‑. Ya no es un hombre como tú, cierto. Pero ésa es su hazaña, y no debería darte miedo. Si es distinto, mayor razón para admirarlo.
‑Pero su diferencia no es una diferencia humana ‑dije.
‑¿Y qué cosa crees que es? ¿La diferencia entre un hombre y un caballo?
‑No sé. Pero no es como yo.
‑No obstante, lo fue una vez.
‑¿Pero puedo yo entender su cambio?
‑Claro. Tú mismo estás cambiando.
‑¿Quiere usted decir que me saldrá un doble?
‑A nadie le sale un doble. Ése es sólo un modo de hablar de eso. Pese a lo mucho que hablas, las pa­labras te enredan. Te quedas atrapado en sus signifi­cados. Y ahora seguramente has de creer que el doble le sale a uno por medios malignos. Todos nosotros los seres luminosos tenemos un doble. ¡Todos! Un guerrero aprende a darse cuenta de ello, eso es todo. Hay barreras que parecen infranqueables, que prote­gen ese conocimiento. Pero eso es de esperarse; de no ser por esas barreras, llegar a darse cuenta del doble no sería el desafío único que es.
‑¿Por qué le temo yo tanto al doble, don Juan?
‑Porque estás pensando que el doble es lo que dice la palabra, un doble, otro tú. Yo escogí esas pa­labras con el propósito de describirlo. El doble es uno mismo y no se puede encararlo de otro modo.
‑¿Y si yo no quiero un doble?
‑El doble no es asunto de gusto personal. Tampo­co es asunto de gusto personal quien resulta seleccio­nado para aprender el conocimiento de los brujos que nos llevan a darnos cuenta del doble. ¿Te has preguntado alguna vez por qué tú en particular?
‑Todo el tiempo. Cientos de veces le he hecho esa pregunta, pero usted nunca ha respondido.
‑No quise decir que lo hicieras una pregunta que busca respuesta, sino en el sentido de un guerrero que se asombra en su gran fortuna, la fortuna de ha­ber hallado un propósito.
Convertirlo en pregunta común es el recurso de un hombre ordinario y engreído que quiere que lo admiren o lo compadezcan por lo que hace. Yo no tengo ningún interés en esa clase de pregunta, por­que no hay modo de responderla. La decisión de es­cogerte a ti en particular fue un designio del poder; nadie puede penetrar los designios del poder. Ahora que has sido seleccionado, no hay nada que puedas hacer para que ese designio no se cumpla.
‑Pero usted mismo dice, don Juan, que uno siem­pre puede fracasar.
‑Cierto. Uno siempre puede fracasar. Pero yo creo que te refieres a otra cosa. Quieres hallar una salida. Quieres tener la libertad de fracasar y salir corriendo cuando se te dé la gana. Es demasiado tarde para eso. Un guerrero está en las manos del poder y su única libertad es elegir una vida impecable. No hay manera de fingir el triunfo o la derrota. Tu razón podrá querer que fracases por completo, para así ani­quilar la totalidad de tu ser. Pero hay una contrame­dida que no te permitirá declarar una falsa victoria o derrota. Si crees que puedes retirarte al refugio del fracaso, estás loco. Tu cuerpo montará guardia y no te dejará ir a ninguno de los dos lados.
Empezó a reír para sí, suavemente.
‑¿Por qué ríe usted? ‑pregunté.
‑Estás metido en un pantano espantoso -dijo‑. Es demasiado tarde para retirarte, pero demasiado pronto para actuar. Lo único que puedes hacer es atestiguar. Estás en la miserable posición de una cria­tura que no puede regresar al vientre de la madre, pero tampoco puede corretear y actuar. Lo único que una criatura puede hacer es atestiguar, y escuchar los estupendos cuentos de acción que le cuentan. Tú es­tás ahora en ese punto preciso. No puedes regresar al vientre de tu viejo mundo, pero tampoco puedes ac­tuar con poder. Para ti no hay más que atestiguar actos de poder y escuchar cuentos, cuentos de poder.
"El doble es uno de esos cuentos. Lo sabes, y por eso cautiva tanto tu razón. Te estás golpeando la cabeza contra un muro si pretendes entender. Todo lo que puedo decirte, a manera de explicación, es que el doble, aunque se llega a él soñando, es de lo más real que hay."
‑Según lo que usted me ha contado, don Juan, el doble puede realizar actos. ¿Puede entonces. . .?
No me dejó proseguir mi línea de razonamiento. Me recordó que era inadecuado decir que él me había contado del doble, cuando podía decir que yo mismo lo había presenciado.
‑Por lo visto, el doble puede realizar actos ‑dije.
‑¡Por lo visto! ‑repuso.
-¿Pero puede el doble actuar como uno mismo?
‑Es uno mismo, ¡carajo!
Me resultaba muy difícil darme a entender. Tenía en mente que, sí un brujo podía ejecutar dos acciones a la vez su capacidad para la producción utilitaria necesariamente se duplicaba. Podía trabajar en dos empleos, estar en dos sitios, ver a dos personas, y así sucesivamente, al mismo tiempo.
Don Juan escuchó con paciencia.
‑Permítame poner un ejemplo ‑dije‑. Como pura teoría, ¿puede don Genaro matar a alguien a cientos de kilómetros de distancia, dejando que su do­ble lo haga?
Don Juan me miró. Meneó la cabeza y apartó los ojos.
‑Estás repleto de cuentos de violencia ‑dijo‑. Genaro no puede matar a nadie, sencillamente por­que ya no tiene ningún interés en sus semejantes. A la hora en que un guerrero es capaz de conquistar el ver y el soñar y de darse cuenta de su propia lumino­sidad, ya no le queda nada de ese interés.
Señalé que, al principio de mi aprendizaje, él ha­bía afirmado que un brujo, con la guía de su "alia­do", podía transportarse a cientos de kilómetros para descargar un golpe mortal a sus enemigos.
‑Yo soy el responsable de esa confusión ‑dijo‑. Pero debes recordar que en otra ocasión te dije que, contigo, yo no estaba siguiendo los pasos que mi pro­pio maestro me trazó. El era brujo, y propiamente yo debería haberte echado a ese mundo. No lo hice, porque ya no me conciernen los quehaceres de mis semejantes. Pero de todos modos, las palabras de mi maestro se me quedaron pegadas. Muchas veces hablé contigo en la forma en que él mismo hubiera ha­blado.
"Genaro es un hombre de conocimiento. El más puro de todos. Sus acciones son impecables. Está más allá de los hombres comunes, y más allá de los brujos. Su doble es una expresión de su alegría y su buen humor. Por eso, no puede de ningún modo usarlo para crear o resolver situaciones ordinarias. Hasta donde yo sé, el doble es el darse cuenta de nues­tro estado como seres luminosos. Puede hacer cual­quier cosa, pero escoge ser gentil y no llamar la atención.
"Mi error fue extraviarte con palabras prestadas. Mi maestro no era capaz de producir los efectos que Genaro produce. Para mi maestro, desdichadamente, ciertas cosas eran, como son para ti, sólo cuentos de poder.”
Me vi compelido a defender mi premisa. Dije que hablaba en un sentido de posibilidades hipotéticas.
‑No hay tal sentido cuando hablas del mundo de los hombres de conocimiento ‑dijo‑. Un hombre de conocimiento no puede de ninguna manera actuar hacia sus semejantes en términos perjudiciales, hipo­téticamente o no.
‑Pero ¿y si sus semejantes traman algo contra su seguridad y su bienestar? ¿Puede entonces usar su do­ble para protegerse?
Chasqueó la lengua con reprobación.
‑Qué violencia increíble en tus pensamientos ‑di­jo‑. Nadie puede tramar nada contra la seguridad y el bienestar de un hombre de conocimiento. Él ve, de modo que tomaría medidas para evitar cual­quier cosa por el estilo. Genaro, por ejemplo, corre un riesgo calculado al juntarse contigo. Pero no hay nada que podrías hacer tú para poner en peligro su seguridad. Si algo hubiera, su ver se lo haría saber. Ahora bien, si hay en ti algo que sea desde el fondo perjudicial para él, y su ver no lo alcanza, entonces es su destino, y ni Genaro ni nadie puede evitar eso. Conque, ya ves, un hombre de conocimiento tiene el control sin controlar nada.
Guardamos silencio. El sol estaba a punto de al­canzar la copa de las densas matas altas al lado oeste de la casa. Quedaban unas dos horas de luz diurna.
‑¿Por qué no llamas a Genaro? ‑dijo don Juan en tono casual.
Mi cuerpo dio un salto. Mi reacción inicial fue abandonar todo y correr a mi coche. Don Juan esta­lló en una carcajada. Le dije que yo no tenía nada que probarme a mí mismo, y que me hallaba perfec­tamente satisfecho hablando con él. Don Juan no podía parar de reír. Finalmente dijo que era una vergüenza que Genaro no estuviera allí para disfrutar la escena.
‑Mira, si a ti no te interesa llamar a Genaro, a mí sí ‑dijo en tono resuelto‑. Me gusta su compañía.
Había un terrible amargor en mi paladar. El sudor goteaba de mis cejas y mi labio superior. Quise decir algo pero en realidad no había qué decir.
Don Juan me escudriñó con una larga mirada.
‑Ándale -dijo-. Un guerrero siempre está listo. Ser guerrero no es el simple asunto de nomás querer serlo. Es más bien una lucha interminable que se­guirá hasta el último instante de nuestras vidas. Na­die nace guerrero, exactamente igual que nadie nace siendo un ser razonable. Nosotros nos hacemos lo uno o lo otro.
"Siéntate bien. No quiero que Genaro te vea tem­blando."
Se puso en pie y recorrió de un lado a otro el piso limpio de la ramada. No pude permanecer impasible. Mi nerviosismo era tan intenso que, incapaz de escribir una línea más, me levanté de un salto.
Don Juan me hizo trotar marcando el paso, cara al oeste. Me había puesto a realizar los mismos movi­mientos en varias ocasiones anteriores. La idea era sacar "poder" del crepúsculo inminente alzando los brazos al cielo con los dedos extendidos en abanico, y cerrando los puños con fuerza cuando los brazos estu­vieran en el punto medio entre horizonte y cenit.
El ejercicio surtió efecto y, casi de inmediato, me llené de calma y sosiego. No pude, sin embargo, de­jar de pensar qué habría ocurrido con el antiguo "yo" que nunca se habría relajado tan completamente eje­cutando esos movimientos sencillos e idiotas.
Quería enfocar toda mi atención en el procedimien­to que don Juan seguiría para llamar a don Genaro. Anticipaba actos portentosos. Don Juan se paró en el borde de la ramada, mirando al sureste, formó una bocina con las manos, y gritó:
‑¡Genaro! ¡Ven aquí!

Carlos Castaneda ~ Relatos de Poder

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